martes, 29 de abril de 2008

Besos

Fugaces, robados, intensos, cortos, prolongados, sabrosos, insípidos, frugales, mojados, insuficientes, anhelados, obligados, rememorados, falsos, pretendidos, pretenciosos, sustanciosos, insulsos, tímidos, vulnerables, culpables, miedosos, dulces, salados, amargos, necesarios, prescindibles, ansiosos. Maravillosos. El último, el primero, el siguiente. ¿De qué? De despedida, de reencuentro, porque sí, ¿por qué no? Nunca en soledad. Preludio del instante eterno del amor con ternura. Sin ternura, con arrojo y desenfreno. Agresivos y ahorcados. No se merecen. Momentos de lujuria frustrados por la razón. ¡Oh, siempre ella! Polos opuestos que se atraen para destruirse. Destrucción que antecede a la cortesía de la despedida. Despedida previa al reencuentro. Y un beso. Sin reencuentro. Con cambio. Otro beso. Y otro momento. Con las manos. En silencio. Ciegos. Ebrios. Sobrios de lamento. Desprendidos del largo trance de la ansiedad. Ya llega. Se disfruta. ¿Siempre? Sólo si quieres. Es un beso.

Enfermedad

Un día dejó de ser eternamente bella. Eternamente. La luz que había iluminado cada uno de sus pasos hasta entonces se extinguió por completo. No fue poco a poco, sino de repente. Si al menos hubiera tenido tiempo de hacerse a la idea, de cambiar la imagen que ella creía proyectaba sobre los demás. Y si lo creía era porque así sucedía. Los iluminaba. Dejaba una estela de inmensa luminosidad cada vez que aparecía en una habitación. Cada vez que llegaba a un bar para tomarse las cañas de rigor. Cada vez que participaba en una conversación para sembrar la siempre necesaria polémica. Todo eso un día se terminó. Y no tuvo tiempo de confesarlo. No pudo confesar su inmensa satisfacción por haber sido partícipe de todos los bellos momentos que había tenido la suerte de vivir. Tampoco pudo lamentarse por las muchas ocasiones perdidas. Ni siquiera pudo experimentar el sufrimiento de la soledad temprana de la madurez o la aterradora incertidumbre de la independencia. Se le acabó el tiempo. Su cuerpo se fue contrayendo y, a medida que eso iba sucediendo, su mente se revolvía contra ella.
- No puedes quejarte. Tú te lo has buscado. Eres la única responsable.
- No me lo he buscado. Es completamente fortuito. Un diagnóstico más en cualquier despacho de hospital.
Estas conversaciones se sucedían cada vez con más frecuencia en su interior. La eterna lucha entre el Dr. Jekyll y Mr. Hyde. A pesar de las ayudas, de los calmantes y las visitas cada vez más frecuentes al hospital, Mr. Hyde operaba a sus anchas y ella iba dándose cuenta de lo inútil de una batalla perdida de antemano.
- ¿Qué te sucede? Sabes que sin ánimo estás perdida. Tienes que intentar sonreir. Si no lo haces por ti al menos hazlo por ella. Observa cómo te mira, siente auténtica devoción por ti.
Pero no podía sonreir. Sus labios habían quedado reducidos a una ingrata mueca de dolor y sólo el alivio de las drogas la conducía a una estancia más placentera. En ella siempre estaba sola. Quería estarlo. Y también quería que su lenta agonía no se prolongara mucho más en el tiempo.
- He pensado algo y tienes que ayudarme.
Esta vez había elegido la compañía de la devoción para la estancia de drogadicción.
- Dime, qué quieres que haga. Puedo traerte de casa el libro que tanto te gusta y leerlo juntas. O, mejor aún, en cuanto salga de aquí me paso a comprar una radio y desde mañana traeremos la música de vuelta a nuestras vidas. Linda Draper nos ayudará.
Se revolvió en el asiento buscando calculadamente las palabras más duras con las que aplacar el ansia de superviviencia.
- No digas tonterías. A mí nunca me gustó Linda Draper, es una más de tantas vocecitas insulsas con cara guapa que pululan por ahí. Además, ¿no ves que no puedo leer?. Me paso todo el día tumbada o sentada. A eso he quedado reducida, soy un trozo de carne que poco a poco se va desintegrando. Y no quiero ver cómo sucede. No podría soportarlo. Quiero que termine y quiero que me ayudes.
Su devota acompañante era incapaz de creer lo que estaba oyendo. Sabía que esas palabras nunca habrían salido de la boca del Dr. Jekyll y que finalmente había sido Mr. Hyde el que había ganado la batalla. Se había dejado derrotar y veía la tristeza del perdedor prematuro en sus apagados ojos. La miró y la tomó de la mano.
Años después vuelve a ser hoy. Mañana, es posible que pasado y probablemente la semana que viene. Todo vuelve a ser. Sobre todo ahora, cuando el recuerdo de lo vivido se torna insoportable para su maltrecho recorrido. Tuvo que seguir adelante, cargar con la (dis)culpa e inventarse una vida nueva. Una vida, al fin y al cabo, pero nunca más la suya con el plural compartido por mucho más que dos. Una se quedó en el caminó y la otra se perdió en los recovecos de su particular laberinto.
- ¿Algún día dejé de ser bella?
- Para mi siempre lo fuiste. Eternamente.

lunes, 28 de abril de 2008

Inconsciente

Lujuria. Pereza. Desenfreno. Absorta en mis sentimientos. Perdido en sus predecibles actos. Hastío. Vómito. Resaca. Una vez más. Ya no es divertido. Todo se repite, anclado en la misma falta de ilusión. ¿Acaso la hubo? Se miran y se reconocen, aunque lleven puestas las máscaras que aquella noche les prestaron. ¿Quién me dio la mía? No la quería. Nunca me gustó el carnaval. Y sigo bebiendo. Ebria de locura, buscando con desesperación un momento de irracional consuelo. De él ya nada obtengo. Pero se abrazan. Los veo y me siento ¿celosa? ¿Cómo se puede estar celosa de una piedra? Está parada, quieta, inmóvil, fijada siempre en la misma e insulsa posición. Sin esperar nada a cambio, sin dar nada a cambio de nada. Justo su petición. Es el collage ideal.
- ¿Qué espera de él señora piedra?
- Nada. Quien no siente no espera. Aunque es muy bueno en la cama.
Miente. Miente como una cobarde e insípida piedra. No es bueno. Al menos no en la cama. Al menos no conmigo. Frustración. Eso es lo que sentía. Y eso mismo siento al no poder estar ahora junto a él, en su cama, dura como una piedra. Pero yo no soy una piedra. Pude intentar engañarme en algún momento. Fingir la apariencia dura y rugosa del granito. Hasta que me resquebrajé por dentro. Y entonces, justo cuando me estaba convirtiendo en diminutos añicos de mí misma llegaste tú. Viniste para recogerlos. Los organizaste por orden alfabético y conseguiste devolverme a mi forma ¿original? A de asustada, B de bipolar, C de curiosa, D de depresiva, E de eufórica, F de franca, G de grandilocuente, H de huraña. I de ilusa...Como tú al creer que las piezas del puzzle permanecerían para siempre en su lugar. ¿Qué pasa con los pedazos que se han ido perdiendo por el camino? ¿Dónde están las letras que nunca pudiste colocar? Siguen aquí, justo delante. Y sin embargo no las encuentras. Hay una razón: he sido yo quien las ha guardado. Y sólo de mi depende recomponerlas, reajustarlas, reinventarlas. Quiero que A signifique Valiente, B Insensata, C Feliz...y así hasta llegar a la Z de Yo. Lo sé, soy una inconsciente. Con I de Enganchada.

Llanto

No me gusta que llores. Me prometiste que no lo harías. Soy yo la que disfruta dejando correr sus lágrimas sin miedo a inundar a los demás. Un día empecé, como una costumbre más de las que dan sentido a mi inconsistente existencia y desde entonces nunca dejé de hacerlo. Cada día, en cada momento, aunque sea un llanto suave, tenue, apagado o incluso invisible. Pero aún así estoy llorando. Ríos y ríos de inexistente impaciencia. No sé lo que espero ni lo que esperan de mí. Lo único que creo acertar a saber a estas alturas es que quiero seguir llorando. Sin pudor, sin motivo, con desesperación, por aburrimiento, por rutina, como vía de escape, sin aliento, con frustración, por capricho...Creo que la mayoría de las veces es por capricho. Me he instalado en la comodidad de recurrir al llanto cada vez que quiero escurrirme y desaparecer y ahora es la forma más fácil de justificar todos y cada uno de mis irracionales comportamientos. Pero tú...¿no eres así? La primera vez que te vi verter una lágrima creí que el cielo se derrumbaría ante mis pies. No podía permitirlo. Y menos aún sabiendo la causa de tu tranquilo pero desgarrado llanto. Era yo. ¿Por qué yo? No me lo merecía y sigo sin hacerlo. Soy una insaciable silueta de alguien a quien en su momento creíste conocer y reconocer, pero que te defraudó en tantas ocasiones que se terminó convirtiendo en el cómic incoloro que ahora soy. ¿Por qué seguir apostando por mí? Sabes que hace mucho tiempo, años, siglos quizá, dejé de tener fe en mí misma y fue en ese preciso instante en el que dejé de merecer la confianza de todos los que me rodeaban. Tu confianza. La suya. Que al fin y al cabo son la misma. Sabes que cada vez que respiraba lo hacía pensando en ella, sintiendo por ella, luchando por ella y hasta viviendo por ella. ¿Qué pasa ahora que ella ha desaparecido por completo de mi vida? ¿Qué soy ahora? Tú me dirás, como me dijiste aquella vez, en aquel banco y con aquella aparentemente inconsistente verborrea: eres su reflejo. El problema es que el espejo se ha roto y he sido yo la que lo ha hecho añicos. Los mismos en los que convierto todos los sentimientos que tanto miedo me da experimentar. De ahí las lágrimas. Son el enjuago bucal de mi resaca emocional. Ella lo sabía y por eso se fue con calma. Como tú harás. Debéis huir ahora que aún hay tiempo. Ahora que tus lágrimas aún pueden reprimirse o simplemente evitarse. Ojalá hubiera podido evitarlo. Evitarte tanto sufrimiento. Nunca quise que mi dolor fuera el tuyo. No lo quiero y aún así sigo cometiendo los mismos errores que entonces. Entonces, ahora, mañana, es de noche, te veo, me miras, ya no sonríes y yo me quiero esconder. Lo haré detrás de ella. Siempre ha sido ella. Lo sabes, ¿verdad? Ahora me dirijo a ti sin miedo a que pueda descubrirme porque sé que se ha ido para siempre. No me gusta, ni siquiera me parece justo. Pero sé que no tenía otra alternativa. Me estaba asfixiando, ahogando cada paso que daba, frustrando cada nuevo intento de salir adelante. ¿O era yo? No sé si estoy capacitada para convertir tus lágrimas en estruendosa carcajada. No sé si quiero dejar de llorar. Aunque si tuviera que dejar de hacerlo...querría que tu fueras testigo. Pero no llores. No llores.

domingo, 27 de abril de 2008

Por dentro

No era la persona adecuada. No lo era en ese momento y no lo sería nunca. Demasiadas diferencias, cientos de complicaciones, tiempo perdido entre medias. Y soledad, siempre el halo asfixiante de la soledad. También aquella mañana, cuando se metió en el coche sin prisa pero con rumbo fijo. Esa era toda su obsesión. No sabría cuándo llegaría, ni siquiera si llegaría en algún momento. Pero al menos tenía un destino al final de su siempre incierto horizonte. La luz de los primeros rayos del día le cegaba por encima del retrovisor. No recordaba cómo había llegado a tener ese coche. Nunca le gustó conducir. Pero ahora sus manos asían el volante con fuerza, como si de él dependiera el rumbo de sus próximos meses.
- ¿Sabes ya qué vas a hacer el próximo verano?
Aquella pregunta atronaba con fuerza en su interior mientras se disponía a girar el volante, y con él su rumbo.
- Aún tengo tiempo. No tengo que dar una respuesta definitiva hasta el próximo miércoles, así que prefiero pensarlo con calma.
Calma. Tan densa como frustrante. La misma que le había perseguido en los últimos años. Hasta que se cruzó en su vida. Aquella noche, con una canción y un verso.
- "Si te quiero es porque sos mi amor, mi cómplice, y todo. Y en la calle codo a codo somos mucho más que dos".
Benedetti. Guardó ese libro como si de un tesoro se tratase. Un tesoro que ahora llevaba en el asiento del copiloto, como sustitutivo decepcionante de la persona perdida.
- Ya he tomado una decisión. Me marcho.
- ¿Seguro? Te conozco y al final, como siempre, terminarás cambiando de opinión. Tienes la cabeza llena de pájaros.
Pero hoy era jueves. El jueves después del miércoles y no había ni rastro de la bandada de pájaros. Debieron huir con el vendaval de la tormenta. A las aves nunca les gustó la lluvia, prefieren el cielo limpio y despejado de una mañana de junio.
- Lo tengo claro. No hay vuelta atrás. Además me están esperando.
- ¿Esperando? ¿Quién te espera? Nunca han esperado por ti. Tu vida es una enorme sala de espera.
Y no le dejó seguir hablando. Sus reproches habían dejado de tener efecto y la prueba era ese momento. El coche, el libro, el sol. Nada de pájaros.
- ¿Conoces a Benedetti?
- He leído algo, pero no me gusta demasiado la poesía. No sé interpretarla.
- Si me tomas la mano seré tu braile poético.
Qué inmensa paradoja. Enseñó a un ciego de la poesía cómo ensamblar besos y el ciego fue incapaz de ver a través de sus ojos. De escuchar sus palabras y predecir sus deseos. Maldita ceguera.
- Voy a irme unos días para desconectar. La ciudad me vuelve loca y necesito respirar, alejarme de ella para reencontrarme después, en el mismo lugar. ¿Me esperarás?
- Déjame que vaya contigo. Podemos alquilar una casita en la costa y desestresarnos de todo y de todos.
- Prefiero hacerlo sola, lo necesito.
Y lo hizo. Hace tres días. También de mañana. Pero con cientos de pájaros que habían emigrado en busca de un horizonte más sembrado de locura. Ojalá las lágrimas ejercieran de bálsamo contra el dolor del recuerdo...Un recuerdo que se vuelve intenso y nítido cuando baja del coche y empieza a recorrer el camino hasta la casita de madera. La mochila cargada de culpa pesa menos que el libro al que se aferra con las garras de la valentía. Llega al umbral. Sólo cuatro pasos y cruzará la puerta. Pero prefiere sentarse. Y esperar leyendo. Esperar.

Has vuelto

No quería que lo hicieras. Me resistía ferozmente a verte de nuevo alojada en mi vida, arrastrándome con tus mentiras al umbral del abismo. Del mismo abismo. Una y otra vez. Logré zafarme, echar la vista atrás y caminar con paso firme a contracorriente. Contra tu corriente. Escapé de la tormenta de dolor y destrucción, pero no ha sido suficiente. ¿Por qué has vuelto? ¿Qué quieres de mi?
- Nada, simplemente acompañarte.
- No quiero que lo hagas. Ya no es necesario. Nunca lo fue, sólo que me escondí tras la cortina de la cobardía y ahí te encontré. Fue mera casualidad.
- No seas ingenua, la casualidad no existe. Tú fuiste la que quisiste encontrarme. Deseabas que nuestras vidas se cruzaran para poner fin a a la tuya. Yo sólo actué como tu esperabas que hiciera.
- Nunca he esperado nada de ti. Nada salvo que desaparecieras de mi vida y me dejaras volver a respirar.
- Y lo hice. Justo en el momento en que me lo pediste. Pero has vuelto a llamarme, a pedirme ayuda y aquí me tienes una vez más, sentada frente a ti.
- ¿Ayuda? ¿Te refieres a la desesperación del dolor permanente, a la desazón del instante perdido, a la cobardía del momento desaprovechado, al intenso odio hacia una misma, a los irrefrenables deseos de poner punto final a la agonía? Me hiciste la persona más infeliz del mundo, así que dudo que a eso se le pueda llamar ayuda.
No se da cuenta. Es imposible que se percate de la verdad porque ella misma intenta ocultársela. Ya no basta con que yo vuelva para que se enfrente a la realidad. Su vida está tan distorsionada que no es capaz de distinguir entre su imaginación y la realidad. No tengo otra alternativa. Así debe ser.
- No eres capaz de responderme. ¿Me has oído? ¿Has escuchado todo el mal que me hiciste? ¿No te das cuenta de que no te quiero en mi vida?
- Me quieres porque me necesitas. Y me necesitas porque tu vida sin mi no tiene ningún sentido. Busquémoselo juntas. El final está cerca. Sólo tienes que dejarte llevar. Si me dejas me convertiré en tu sombra y calmaremos para siempre el dolor. Tu dolor, tu inmenso e interminable dolor.
- ¿De veras? Estoy agotada. No tengo fuerzas ni para ponerme los calcetines y eso es lo peor que me podía pasar. ¿Puedes creer que el otro día llevaba uno de cada color? Entonces me dije: un punto de inflexión. Si ni siquiera eres capaz de elegir correctamente el color de tus calcetines cómo vas a hacer lo correcto con tu vida. Luego vino lo del metro y empecé a atar cabos. Y ahora estás aquí.
- ¿Qué pasó en el metro?
- Una tontería sin importancia a ojos de cualquiera. Bajé las escaleras hacia el andén e iba tan ensimismada pensando en el incidente de los calcetines que continué caminando. Y caminando. Y caminando. Y caminando...Hasta que justo cuando me iba a precipitar a las vías alguien me tomó del brazo bruscamente y me gritó algo que no recuerdo. ¿Sería sobre el color de mis calcetines?
- Lo dudo. Nunca sueles llevar los pantalones pesqueros. Querría preguntarte la hora.
- Las ocho y cuarto.
- Ha llegado el momento. Cierra los ojos y duerme. El dolor desaparecerá y tus calcetines serán siempre del mismo color.

jueves, 24 de abril de 2008

No me apetece

Un helado de chocolate blanco: no me apetece. Y cuando llego a ese punto pienso que ha llegado mi hora. No es posible alcanzar tal grado de ingratitud. ¡Con lo que tú disfrutabas del dulce sabor del chocolate deslizándose entre tus labios! ¿A qué se debe esa sinrazón? Ha llegado para pedirte perdón. Es hora de olvidar y volver a empezar para saber disfrutar. De una tarde, en una terraza con el sol reflejado en tu mirada. Pero no pides la copa de helado. Prefieres un granizado, tan gélido como nuestra relación. En eso nos hemos convertido. En un tímido y diminuto granizado que sueña con tener su minuto de gloria y arrebatar su púlpito a la copa de tres bolas que todos miran con deseo incontrolado. A nosotros ya nadie nos mira. El deseo ha dado paso a la inmaculada reverencia. Esa que me haces cada vez que salgo del portal, cada vez que me invitas a cenar. ¿Recuerdas la primera vez? Para todo hay una primera vez, me dijiste, y pensé que esas palabras eran los versos más delicados que nunca nadie antes me había regalado. Tantos regalos acumulados tras años de incomunicación en el armario de la monotonía. Llegaron a ser tantos que me impidieron ver el fondo, darme cuenta de que la superficie iba resquebrajándose con cada nuevo envoltorio. Y aún ahora me dices que fuimos eternos. Que antes de rendirnos nos dimos una oportunidad. Pero eso fue antes, mucho antes. Nuestra eternidad es ahora el bonito recuerdo de un intento fallido. Fallido por ti, por mi, por los dos, por nosotros...por nuestra indiferencia. Créeme cuando te digo que nos daba igual. Ya todo daba igual. Me cogías la mano y me provocabas rencor. Intentabas hacerme gozar y me hacías llorar. Lágrimas sofocadas por el intenso miedo de la incertidumbre. Todo parecía ir bien a ojos de los demás. No podía seguir ignorándome. Quería gritar que te odiaba, que ya no te aguantaba más, que había dejado de sentirte, que mi cuerpo no se estremecía con tus caricias...Pero me quedé callada, en silencio, expectante, desafiante. Hasta que el desafío se convirtió en venganza y llegó la hora. Eran las nueve y diez. Domingo, 16 de abril. Hoy es viernes.